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Orientación a resultados: sin miedo a ser medido

Por Juan Antonio Pizarro

Un jefe que tuve, con quien no me llevé especialmente bien, pero del que aprendí cosas importantes, me decía que una de las características más importantes de las personas con alto potencial es su interés permanente en recibir retroalimentación. Cada vez que realizan una tarea quieren saber qué lograron, cómo lo hicieron, cómo los perciben los demás, etc., de manera que puedan corregir errores y hacerlo mejor, mucho mejor, la próxima vez.

En las empresas y en la vida misma, el desempeño define en gran parte quién somos y el lugar al que queremos llegar. No solo es un compromiso propio, es el ideal que permitirá alcanzar objetivos encaminados a la orientación a resultados positivos. No querer ser medido en la gestión, equivale a no otorgarse la oportunidad de mejorar en el desarrollo profesional o personal, lo que, de todas maneras, ya es frustrante.

La medición en términos de impulso y estímulo hacia el colaborador no tiene nada de malo ¡y es necesaria! toda vez que es el punto de inicio para implementar estrategias enfocadas en el cumplimiento de objetivos reales y alcanzables.

Desempeño: el inicio del éxito

El desempeño es una cuestión importante en cualquier ámbito de la vida, ya que de él depende en cierta medida la consecución de metas y de paso, refuerza el proceso para llegar a ellas. Se imaginan si la campeona mundial, multicampeona de la Liga Diamante y medallista de oro olímpica en salto triple, Caterine Ibargüen dijera esto:

–        Ibargüen: “Entrenador, he estado pensándolo bien y no quiero que volvamos a medir mis saltos en las prácticas. Me estresa”.

–        Entrenador: “Como tú digas, Caterine, no quiero verte estresada”.

–        Ibargüen: “Es más, en el próximo encuentro en Los Ángeles voy a pedir a mis contrincantes hacer una solicitud a la Federación para abolir las marcas en las competencias de clase mundial”.

–        Entrenador: “¡Genial!”

–        Ibargüen: “Si los dirigentes no lo aceptan, nos vamos… ¡A la huelga!”

Este diálogo, como es obvio, no se ha dado ni se va a dar. Ibargüen es campeona mundial y a los campeones les encanta, más aun, viven para ser medidos y enfrentarse a retos que los hagan despertar lo mejor de sí. Ella, al igual que Nairo Quintana o James Rodríguez, sabe que lo único que la distingue de los demás son los resultados y estos mismos, tienen que ser medibles. Los mejores no son campeones por las ganas (que les sobran), ni por el esfuerzo (que realizan hasta quedar exhaustos), los hacen ganadores sus resultados.

La mediocridad como excusa

Por el contrario, a los mediocres no les gusta ser medidos pues para ellos lo importante no esté en la orientación a los resultados sino en el número de horas que pasan calentando asiento diariamente. Les encanta que digan de ellos: “El pobrecito no consigue resultados, pero es tan cumplido y se esfuerza tanto.”. Odian las evaluaciones pues saben que con ellas quedarán al desnudo sus limitaciones, los graves fallos en su desempeño personal y de equipo y por último, su falta de foco y de interés.

Los mediocres se esconden siempre detrás de algo: de los pantalones (o faldas) de jefes paternalistas que los acogen y protegen pues nunca van a poner en peligro su poder o su autoridad, o del sindicato que pregona a gritos la consigna trasnochada de “a trabajo igual, salario igual”, convencido de su papel trascendental de defender a ultranza la mediocridad colectiva.

No hay duda de que las personas de alto potencial, al igual que los mejores atletas, suben la barra después de cada gran triunfo. Los mediocres quieren que la barra de la medición del desempeño desaparezca de manera mágica. Por eso, una materia importante en la conformación de equipos de trabajos es la inclusión de personas dispuestas a hacer un aporte constante al buen rendimiento de su equipo, mentalmente enfocado en el progreso de sus compañeros, con una conciencia enfocada a la orientación a resultados y alejado de toda vanidad individualista que abra espacio a que su apatía se convierta en mediocridad y pierda de vista el horizonte visionado por la empresa.

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